Duelo y reorganización familiar tras el diagnóstico de TEA: perspectivas integradas.
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Resumen
El Trastorno del Espectro Autista (TEA) constituye actualmente uno de los principales
desafíos en el campo de la salud, tanto por la complejidad de sus manifestaciones clínicas,
como así también por el impacto significativo que produce en la vida familiar y social.
Comprender el TEA implica superar una mirada exclusivamente individual y abrirse a una
perspectiva más amplia que incorpore tanto el desarrollo del niño o niña como también el
entramado de vínculos, emociones y recursos que rodean el sistema familiar. En este
sentido, un diagnóstico daría inicio a un proceso de nominación clínica que excede lo
técnico y produce movimientos de desorganización y posterior reacomodación del sistema
familiar.
Aunque el diagnóstico clínico es un proceso formal y estructurado, su función no se
reduce a la clasificación de signos y síntomas. Al inscribirse en un entramado vincular, el
diagnóstico adquiere una dimensión ética y relacional, generando efectos que van más allá
del sujeto individual y alcanzan a todo el sistema familiar, modificando expectativas, roles y
rutinas. Howard Goldman (1989) plantea que el clínico observa patrones para nombrar y
clasificar; sin embargo este acto de nominación implica también una dimensión de poder
simbólico, pues traza fronteras entre lo normal y lo patológico. Por su parte, Natalia Molina
(2019) advierte sobre el riesgo de vulneración que supone la etiqueta si ésta reduce lo
singular a lo general.
Según El DSM-V (Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders) “el TEA es
un trastorno del neurodesarrollo caracterizado principalmente por dificultades en la
interacción social, la comunicación y el lenguaje, así como por la presencia de conductas
repetitivas e intereses restringidos” (American Psychiatric Association, 2013). Ahora bien,
más allá de las categorías clínicas, la recepción del diagnóstico suele generar una respuesta
emocional intensa en la familia, con sentimientos de tristeza, culpa e incertidumbre, que
requieren un proceso de ajuste y elaboración. Este proceso puede conceptualizarse como
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un duelo por la pérdida del hijo/a ideal, es decir, aquella representación previa que los
padres tenían sobre su hijo o hija, que exige resignificaciones y reconfiguraciones a nivel
individual y familiar.
Freud (1976) define el duelo como “la reacción a la pérdida de una persona amada o
de una abstracción que haga sus veces” (p. 241). Desde esta perspectiva intrapsíquica, el
duelo es un trabajo de elaboración interior que posibilita la restitución de la relación con la
vida psíquica, una vez que la pérdida ha sido asumida. Si se articula este concepto con el
enfoque sistémico, es posible pensar que el trabajo de duelo da lugar tanto a un proceso
individual como también a un movimiento que se inscribe y se replica en las interacciones
familiares. La pérdida del hijo ideal implica una reorganización de expectativas, roles,
vínculos que exigen tanto la elaboración interna de cada miembro como ajustes relacionales
en el sistema. Blanca Nuñez (1991) describe este momento como “una situación de crisis
accidental” (p. 15) que convoca al grupo a elaborar colectivamente la experiencia,
subrayando que la crisis atraviesa a todos los subsistemas, aunque no siempre en sincronía.
Para comprender cómo esta crisis afecta los vínculos, resulta esencial recurrir a la
mirada de Salvador Minuchin (1991), quien define a la familia como un sistema vivo en
constante movimiento. Para este autor, la familia no es una entidad estática, sino un grupo
social natural que determina las respuestas de sus miembros a través de una estructura
organizada. Esta estructura se manifiesta a través de pautas transaccionales que regulan la
conducta y la cercanía entre los integrantes, ofreciendo un marco de identidad y pertenencia
que resulta vital para el desarrollo individual. Es precisamente esta estructura la que debe
flexibilizarse ante el diagnóstico para evitar la rigidez.
De este modo, el presente trabajo articula conceptos procedentes del psicoanálisis y
la perspectiva sistémica con el objetivo de interrogar por qué un diagnóstico de TEA tiene un
impacto profundo en el sistema familiar, y cómo los procesos de duelo y reestructuración
posibilitan nuevas formas de organización familiar. Para ello se aborda el diagnóstico de
TEA, más allá de sus criterios clínicos (DSM-5), entendiendo este acto de denominación con
implicancias simbólicas, sociales y éticas. Se analizan las etiquetas y el estigma, el poder
simbólico de la nomenclatura y de qué manera la confirmación diagnóstica rompe
expectativas y desencadena procesos emocionales y relacionales que impulsan el duelo y la
readaptación sistémica. Así mismo, se integra la definición de duelo desde una perspectiva
psicoanalítica y un enfoque sistémico. Se conceptualiza la pérdida del hijo ideal y la noción
para explicar por qué la noticia diagnóstica genera un duelo atravesado por ambivalencias.
Se incorpora la idea de “situación de crisis accidental” y se discute cómo la elaboración de
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duelo favorece la resignificación colectiva y la resiliencia familiar. Para ello se analiza la
familia como una unidad interactiva que se transforma ante el diagnóstico, desarrollando los
conceptos de límites, homeostasis, y flexibilidad, y examinando cómo se reestructuran
hábitos, rutinas y roles frente a las nuevas demandas. A la vez, se profundiza en el impacto
diferenciado en subsistemas específicos (conyugal, parental y hermanos) considerando la
singularidad del TEA dentro del entramado familiar.
