La motivación para este ensayo surge a partir de dos experiencias muy significativas.
Ambas fueron vivenciadas en la materia “Prácticas Profesionales Supervisadas” de nuestra
carrera dentro de una guardería ubicada en la ciudad de Marcos Juárez provincia de
Córdoba.
Esta guardería es una institución que fue fundada en 1971 y que funciona de manera
privada con la ayuda de un subsidio del municipio. Está destinada a niñas y niños de 2 a 12
años cuyas familias se encuentran en situación de vulnerabilidad económica y social. Su
objetivo general es propiciar un espacio de socialización y contención para dichos niños y
niñas extendiendo su influencia al hogar y a la comunidad mediante la integración de los
padres y la vinculación con otras instituciones.
Estas experiencias que captaron mi atención fueron dos acontecimientos conflictivos
que se generaron mientras dos niños, uno de 7 años y otro de 6 años, “estaban jugando”
solos, es decir, sin la presencia del adulto a cargo.
A partir de allí ambos acontecimientos generaron en mí algunas inquietudes y
preguntas como: ¿Por cuánto tiempo los niños pueden jugar solos sin la mirada del Otro?
¿Qué tan importante es para un niño la mirada del Otro? ¿En qué momento uno podría
decir que un niño puede jugar solo?
Lo que intentaré desarrollar y problematizar con el tema del presente ensayo tiene
que ver con la importancia del Otro para que el niño adquiera la “documentación para
transitar y tramitar esta zona de frontera llamada infancia. (…) Dicho pasaporte no es otra
cosa la capacidad para jugar” (Clemencia Baraldi, 2015, pág. 28).
¿Cómo adquiere un niño la capacidad para jugar? ¿En qué contribuye el Otro para
que esto suceda?