La terapia de shock designa dos procedimientos que parecen muy diferentes, por un lado
la estrategia de que se vale el neoliberalismo para aplicar sus medidas de acumulación y
concentración de la riqueza, por otro, una técnica para el tratamiento de la locura al
interior del dispositivo manicomial. Ambas se integran en un mismo proyecto cuando se
devela las lógicas de poder más amplias en que se ven inmersas. Con la finalidad de
eliminar la resistencia inherente a toda relación de poder, las terapias de shock proceden
bajo la forma del arrasamiento, buscando producir tábula rasa ahí donde los sujetos
muestran rebeldía. Este mecanismo revela su voluntad de poder absoluto, ilimitado, no
sometido a ninguna ley, que pretende tomar por objeto a los sujetos borrando su
condición histórica y social. Pero el shock nunca es del todo exitoso, obstinado el sujeto
devuelve marcas, huellas que hacen posible suturar los agujeros que el terror ha dejado
para producir memoria y reescribir la historia.