Una sensibilidad de la disidencia. Sobre Ezequiel Lozano. Sexualidades disidentes en el teatro. Buenos Aires, años 60. Buenos Aires: Biblos, 2015, 249 pp.
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Escuela de Letras. Facultad de Humanidades y Artes. Universidad Nacional de Rosario
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En 1969, en una nota publicada en el número 2 de la revista
Los libros, Nicolás Rosa criticaba duramente la compilación de
ensayos de Severo Sarduy reunida en el volumen Escrito sobre un
cuerpo. Su escritura, decía, “elabora un lenguaje paralelo –
subversivo y encanallado pero irreductible a formas mayores
que le den significación verdaderamente ‘revolucionaria’– que
estigmatiza de irrealidad a todos los niveles del propio
discurso. Una crítica que se desarrolla como un lenguaje en el
exilio y busca –desea– fundar un discurso crítico secreto, y en
el secreto de sus propias intermitencias eróticas” (p. 4).
Cuando leí los recorridos itinerantes que atravesaron el teatro
argentino en la busca de la visibilidad de un deseo, y que de
manera brillante reconstruye Ezequiel Lozano en su libro
Sexualidades disidentes en el teatro. Buenos Aires años 60, recordé la
ambivalente objeción que sobre el fin de la década había
recaído sobre el escritor cubano. Como en aquel caso, también
en el teatro, esa literal escritura del cuerpo, hubo intermitencias
eróticas que fisuraron los modos homogéneos de representar
la sexualidad. En su libro, Lozano expone y analiza los
caminos que desplegaron las sexualidades disidentes para
intervenir la escena pública, a través de las posibilidades de performatividad y visibilización que el dispositivo teatral
habilitaba en cuanto tal. Las incisiones que trazaron parecieron
reiterar, como contrapartida, numerosos casos de censura,
como si un exceso de mostración o de vouyerismo quebrantara
el orden o la dinámica de lo secreto, que parecía regir, todavía
en los sesenta, sobre las sexualidades disidentes
latinoamericanas. Citado por Lozano, por ejemplo, el propio
Borges afirmaba, cuando la dictadura de Onganía clausuró en
el Colón las funciones de Bomarzo, la ópera de Manuel Mujica
Láinez, que la censura vendría bien a los escritores para que
aprendieran a metaforizar, a adquirir un “lenguaje oblicuo”.
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